Tres boniatos

***Versión original de un foto ensayo difundido el 1ro de julio de 2020, por El Toque y Periodismo de Barrio en alianza informativa, durante los primeros meses de la Covid-19 en Cuba. A estos medios y sus equipos editoriales les agradezco por interesarse en difundir estas historias cotidianas. Me siento muy honrado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y a su Oficina Regional para América Latina y el Caribe con su reconocimiento, y por el Premio de Excelencia Periodística 2021 otorgado por la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP).

Un viejo gato negro con un lagarto en la boca se desliza entre el polvo, las piedras calientes y las bolsas de nylon sucias que cubren el camino entre Vista Hermosa, Hato Viejo y El Hueco, caseríos amorfos y precarios a las afueras de Santa Clara. Sube pausado una loma de tierra removida sobre un viejo vertedero de la ciudad, baja a un pedraplén cubierto por millones de virutas plásticas de una fábrica artesanal de tubos, y vuelve a subir un promontorio empinado, para finalmente adentrarse en un trillo apenas perceptible, a través de un espeso bosque de romerillo, hierba bledo, cundiamor y calabaza. Llega al que considera su hogar y ya satisfecho, mira con apatía a los otros gatos que le maúllan a Rosa, su anfitriona, cada vez que le ven mover un caldero en su estrecha cocina. 

Rosa está pendiente de las nubes oscuras en el cielo y vuelve a extender cubiertas de nylon, a disponer cacerolas y vasijas sobre muebles y piso de cemento pulido, por si comenzara a llover en una, dos o tres horas. Es apenas media mañana, pero así se quedarán el resto de este día de verano cuando la humedad casi sofocante presagia un buen aguacero. 

Rosa bebe el último sorbo de café hecho al amanecer y, mientras conversa, se acaricia a ratos la barriga con la mano izquierda. Para el mediodía hubieran pasado al menos dos vendedores ambulantes de pan suave, pero hace ya semana y media que los prohibieron. Un pan, normado al día por la libreta de abastecimiento, fue su desayuno junto a unos huevos revueltos y agua con azúcar prieta. Por suerte, tiene cinco gallinas criollas que ponen unos huevos muy colorados de vez en cuando. «Tal vez por comer tanto cundiamor», opina y señala las cercas tupidas a ambos lados de la casa. Luego mira con desdén los mangos pintones de distintos tamaños, agrupados en un cajón muy cerca de la puerta interior que da hacia la cocina apagada, oscura. «Y gracias que este año han habido muchos… ya lo dice el refrán: mucho mango, mucha hambre».

Rosa no los vende porque en la zona casi todo el mundo tiene, pero hace apenas un mes vendió grandes marañones y ciruelas cosechadas en la misma puerta de su casa, a 10 pesos cubanos la jaba (bolsa). Casi siempre ama de casa, se dedicó durante años a cocinar varios postres y dulces para la calle cuando vivía en el centro de Santa Clara, muy cerca del río Bélico, uno de los más contaminados que atraviesa la ciudad. 

«La comida está difícil. El arroz está perdío’. Ya ni se ven los carretilleros que pasaban todos los días por el barrio, vendiendo yuca, tomate, col, malanga y boniato: lo que a veces no hay en el mercado estatal del reparto (José Martí). Por aquí hay gente que siembra, pero la tierra no es muy buena y apenas les da para ellos, o sus crías de puercos», masculla mientras mira los huevos sobre la mesa. «Lo importante es no irse a dormir con el estómago vacío, porque entonces sí vas a dormir mal». 

«Si yo no como arroz, siento que no comí. Y por mucho que lo alargue, la cuota (productos subsidiados de la libreta de abastecimiento) alcanza para quince días máximo. ¿Qué como el resto del tiempo? Bueno… Vianda, que no hay… Prueba a comer plátano hervido todos los días… Suerte con eso». 

Rosa se inclina sobre el cajón, escarba entre mangos y algunos plátanos burro, alcanza del fondo tres boniatos medianos y ríe mientras acaricia las ramas crecidas. «Si los dejo un poco más, aquí mismo hacía mi propia cosecha». 

«Si no varías con lo poco que tengas, te fundes», dice mientras se sienta de nuevo a la mesa y agarra en sus manos un cuchillo oxidado. «Tal vez sigas mal alimentado, pero no te volverás loco tan rápido». Afuera arrecia el calor y el vecindario se llena de cantos de cigarra, aroma de ajo sofrito y chillidos de mujeres llamando a sus hijos a almorzar. 

Rosa preferiría tener ahora más boniatos. Ricardo, su vecino, quisiera comer yuca todo el año. Papelito, el hijo de Rosa, comer carne todos los días. La vida de estas personas lleva años poniéndose cada vez más dura como sus manos, callosas, pero son los tiempos actuales de pandemia y creciente crisis alimentaria los que les recuerdan viejas experiencias de apenas tres décadas atrás, cuando también eran más jóvenes y, definitivamente, más fuertes para enfrentar lo que viniera.



Portada (Photo essay cover)

Vista del vecindario de Rosa, al fondo de El Hueco, a 6,2 km del centro de Santa Clara.

Fachada de la casa donde viven Rosa y su hijo Papelito.

Rosa recibe a cuatro gatos que la frecuentan como visitas y, aunque no se considera su dueña, sufre las frecuentes agresiones de que son objeto. «Les echan agua caliente y veneno», dice.

Tres boniatos germinados.

«Yo prefiero los huevos de la tienda. Los criollos se los dejo a mi hijo».

Rosa pudiera hacerlos fritos, pero el aceite escasea y cree que no vale la pena para la cantidad de boniato. Opta por un boniatillo, postre que le quitaban de las manos en sus tiempos de vendedora. «Te comes uno y luego con un vaso de agua se te hincha en el estómago y tienes para resistir un buen rato», sonríe.

Ella prefiere endulzarlo con una miel de azúcar prieta, después que hace el puré. Usualmente le añadiría coco rallado o canela, anís o hasta un toque de clavo de olor, pero hace años que no tiene esas especias.

Rosa guarda la miel sobrante para el café del día siguiente.

Mientras hierven los boniatos con una pizca de sal, Rosa ajusta su vieja máquina de coser Singer, reparada incontables veces por su hijo. «En una casa siempre hay algo que remendar».

Los tres boniatos alcanzaron para tres raciones de boniatillo.

Rosa comparte una de las porciones con algunos niños del barrio.

Es momento de sentarse por fin tranquila, mientras escucha alguna pieza musical de Radio Enciclopedia.

Ricardo vive a menos de una cuadra de Rosa. Es difícil medir distancias entre pedraplenes y trillos con casas salteadas. Esta tarde tuesta panes viejos en un horno que él mismo construyó con un tanque metálico de 55 galones. Prueba además qué tal prende el carbón que hizo con la técnica del surco horizontal, sugerida por un vecino.

Al otro día por la mañana, Ricardo saca algunas yucas de los cuatro pequeños surcos al fondo de su casa. Todavía no están óptimas pero es uno de sus platos preferidos. Hoy quiere comenzar a perfeccionar una vieja receta que le recordó su padre, y que comió mucho durante el llamado Periodo Especial de los años ‘90: el casabe.

Raya la yuca en un guayo artesanal, hecho de una lámina de aluminio perforada con un clavo. «Olvídate de la batidora. Los mejores tamales de maíz se hacen también con esto», asegura.

Ricardo lo mismo arregla un motor que hace un pozo de agua. Siempre anda en algo.

«A mi papá le gusta que la masa cocida quede medio blanda y elástica, sabe bien con azúcar prieta dentro, pero voy a probar secarla un poco para que quede una tortilla crujiente», explica.

Luego de exprimir la masa y ponerla al sol durante una hora, la mezcla con ajo y hace tortillas delgadas que dora en una sartén engrasada con manteca de puerco.

La tortilla de casabe resultante no dura mucho tiempo crujiente, pero sabe bien. Ricardo intentará hacerlas en el horno improvisado la próxima vez, también, cuando las yucas de su patio puedan ser verdaderamente cosechadas.

Una gallina lo asustó mientras saboreaba un par de tortillas en el patio y algunos trozos caían al suelo.

Desde que Papelito, el hijo de Rosa, descubrió que de un solo guatacazo salen tres o cuatro lombrices de tierra en el patio de Ricardo, inicia por el camino contrario su expedición de pesca.

Al llegar a la laguna justo frente a su casa, Papelito se quita las viejas botas que, aunque agujereadas, prefiere seguir cuidando y arriesgarse con los pinchos del marabú que abundan en las orillas. El pequeño embalse fue construido por el padre de Ricardo en la década del ‘90, cuando impulsó un plan de acuicultura local.

Papelito prefiere comerse el pescado antes que pescarlo. Lleva anzuelo, lombrices de tierra y un trasmallo prestado. «Hace unos días llovió mucho, todo esto se inundó y la gente aprovechó para llenar sacos de pescado en los ríos y aliviaderos», recuerda. Bastan algunos lanzamientos para convencerse de que no son muchos ni grandes los peces que quedan. Todos los devuelve al agua.

Papelito usa su anzuelo y espera que alguna tilapia mediana o grande haya encontrado refugio en las márgenes más profundas. «Es mejor comerse el pescado fresco. Aunque demores más y pesques menos, el anzuelo te garantiza dejar para mañana… La gente no entiende mucho eso». En una hora picaron solo dos.

Justo al lado de la presa, sobre lo que luego crecieron matas de almendra colorada (al fondo) y se construyeron algunas casas, existió durante mucho tiempo un vertedero del INPUD (Industria Nacional de Utensilios Domésticos) donde se arrojaban restos metálicos, ladrillos refractarios rotos y arena sílice.

Se quita su camisa para no llenarla de escamas.

Papelito regresa por el camino rocoso y gris que conduce a su casa. Tiene sueño, está adolorido y cansado: anoche hizo guardia como parte de su trabajo regular.

Al llegar a su casa descubre a la cámara con orgullo su mayor posesión: un coche antiguo o caleza que ha pertenecido a su familia por generaciones.

La caleza fue adquirida por su abuelo y llegó a Cuba a mediados del siglo XIX desde París. Algunos accesorios como los asientos han sido reformados con el tiempo. El cristal de las lámparas, por ejemplo, es de un viejo motor sidecar, marca Ural, de la era soviética.

Hace tres años se vio aquejado de salud y tuvo que vender su caballo y entregar su patente de cochero. Sonríe orgulloso cuando recuerda su aparición en un documental hecho por gente de Nueva York.

Rosa y su hijo Papelito.

Rosa mide la cantidad de arroz para acompañar los pescados fritos con una lata de leche condensada. Hecha una para los dos. A las seis y media de la tarde, el calor que desprende el techo bajo de tejas no logra ser disipado por el ventilador desde una de las esquinas del cuarto-sala-comedor.

Después de la cena, Rosa y su hijo Papelito abandonan la mesa con el radio sintonizado en la emisora local, la vieja licuadora soviética con vaso de aluminio, el cuchillo oxidado y una botella plástica de ron Decano, por la mitad.

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