Grandpa

Mi abuelo no ve bien de lejos pero, cuando oye a los demás decir mi nombre mientras me acerco, abre los brazos como si fuera a volar, antes de que yo pueda alcanzarlos. 

Me cuenta los sueños raros que tiene durante las cuatro horas en que cierra los ojos. No es normal, repite, estoy despierto y sé que no es normal. Tomo el desayuno y no son sueños, son pensamientos que siguen sin ser normales. Tose y se atraganta. Hincha su pecho despacio, parece que va a proseguir su discurso onírico de mensajeros, deberes y flema, toma una pausa mínima en la que tal vez escoge la frase colorida y certera o la mala palabra pasada de moda, pero tose de nuevo, con más fuerza. Sonríe: a los 91 años cualquier cosa es sarcásticamente normal. 

Mi abuelo no ve bien de cerca pero, aunque solo esté a su lado sin emitir una palabra, mirándolo fijamente, sabe reconocer la preocupación o la tristeza que hay en mis ojos, incluso detrás de mi cámara o mi sonrisa. 

Ya nada es como antes en la finca donde crecí hasta los cinco años. Ni la pequeña represa que él me hizo con un bulldozer soviético y una isla en medio, a donde iba a visitar una familia de curieles bajo un árbol de almendras. Ni los árboles, ni la gente. Se secaron, talaron, contaminaron. Se llenaron de escombros y de gente diferente que huye del lugar donde nació. Para vivir en casas improvisadas de tablas, lonas y planchas de zinc. Para vivir, tal vez, mejor que antes. 

Por primera vez veo a mi abuelo cansado y asustado y salgo con él hasta la parcela de tierra que dice cuidar. Trabajó allí hasta hace dos semanas. Rezo en silencio por haber heredado su fuerza y su memoria. Reconozco que mi legado es de otro 75 por ciento.

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