Baracoa flavor

Cada uno de mis viajes a Baracoa comienza con una añoranza de cacao, sal y coco. Son catorce horas de viaje en ómnibus nacional desde mi natal Santa Clara hasta Guantánamo y luego cuatro más hasta la Villa Primada de Cuba. Sí… me encantaría tener un auto para estos casos. No tanto para llegar más rápido sino para hacer todas las paradas posibles en la carretera costera que conecta a estas dos ciudades, además del viaducto La Farola. Probablemente tardaría lo mismo entonces el viaje en mi auto imaginario, pero lo fotografiaría y gozaría más, aunque conozco a alguien convencido de que rara vez se tienen buenas fotos de los mejores momentos, si en verdad fueron disfrutados.
El sol ilumina a Baracoa como no lo hace a ninguna otra ciudad cubana. Cándido, donde las olas alcanzan la arena oculta en remolinos de algas secas y caracoles blancos. Amargo, montaña adentro, donde la falta de lluvia hace crecer espinas entre nubes de piedra caliza, mientras la luz salpica dorado sobre cruces de parra y palmeras, y el viento salado curte los cuerpos de frutas, personas y perros callejeros. Podría probar los colores de Baracoa cada día con sólo humedecer los labios. Sentirlos entre mis manos. Podría aspirarlos cada tarde cuando el viento cambia de dirección y absorbe un poco de cada cosa viviente para guardarla cerca de la costa o al pie de las montañas. Al final entiendes que algo de ti yace en alguna parte de Baracoa, y querrás regresar para buscarlo.

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