Grandpa

Mi abuelo no ve bien de lejos pero, cuando oye a los demás decir mi nombre mientras me acerco, abre los brazos como si fuera a volar, antes de que yo pueda alcanzarlos.
Me cuenta los sueños raros que tiene durante las cuatro horas en que cierra los ojos. No es normal, repite, estoy despierto y sé que no es normal. Tomo el desayuno y no son sueños, son pensamientos que siguen sin ser normales. Tose y se atraganta. Hincha su pecho despacio, parece que va a proseguir su discurso onírico de mensajeros, deberes y flema, toma una pausa mínima en la que tal vez escoge la frase colorida y certera o la mala palabra pasada de moda, pero tose de nuevo, con más fuerza. Sonríe: a los 91 años cualquier cosa es sarcásticamente normal.
Mi abuelo no ve bien de cerca pero, aunque solo esté a su lado sin emitir una palabra, mirándolo fijamente, sabe reconocer la preocupación o la tristeza que hay en mis ojos, incluso detrás de mi cámara o mi sonrisa.
Ya nada es como antes en la finca donde crecí hasta los cinco años. Ni la pequeña represa que él me hizo con un bulldozer soviético y una isla en medio, a donde iba a visitar una familia de curieles bajo un árbol de almendras. Ni los árboles, ni la gente. Se secaron, talaron, contaminaron. Se llenaron de escombros y de gente diferente que huye del lugar donde nació. Para vivir en casas improvisadas de tablas, lonas y planchas de zinc. Para vivir, tal vez, mejor que antes.
Por primera vez veo a mi abuelo cansado y asustado y salgo con él hasta la parcela de tierra que dice cuidar. Trabajó allí hasta hace dos semanas. Rezo en silencio por haber heredado su fuerza y su memoria. Reconozco que mi legado es de otro 75 por ciento.


Isla-s solo exhibition in Trinidad, Cuba

“Estás loco”, me dijeron mientras defendía que necesitaba 1200 metros cuadrados de tela para montar mi primera exposición personal. “Es que quiero hacerla en Trinidad, y no me imagino esta serie allí si no es así”, respondí yo.

Precisamente porque quería que el montaje transpirara la energía romántica, artesanal y cálida de esta ciudad maravilla me propuse tamaña locura aquí, en Cuba, donde el surrealismo de la vida cotidiana convierte en locura incluso hasta las aspiraciones efímeras. Vamos, por decirlo (muy) eufemísticamente.

Para mí, la serie ”Isla-s” representa “lugares-experiencias transpirados por el cuerpo en su aislamiento”, pero la experiencia de presentarla en Trinidad no tuvo nada de soledad ni aislamiento. Gracias a la profesionalidad y buenos consejos de la diseñadora Yamilet Moya y a su taller de impresión Elfos Gráfica, y a las más de 30 horas de esfuerzo de Luis Javier, Hanoi y Lázaro para sorprenderme con mejores propuestas de montaje que lo que había imaginado. Gracias al apoyo de Leonerky Urquiza y la empresa Aldaba. Gracias a Lisette Ríos Lozano y a la Fototeca de Cuba. Gracias a mis queridos anfitriones Carlos y Galinka, que me han acogido no solo en su Casa Sotolongo y sino en su familia.


Ruins of sugar. Sugar in ruins

Hace 10 años la vida en este batey cercano a Ranchuelo (Villa Clara, Cuba) era diferente, similar a como había sido desde inicios del siglo XX: un hervidero de personas, animales y camiones entrando, saliendo, rodeando el central azucarero, bautizado “10 de Octubre”, a partir de 1970.
La vida cambia. El central ya no existe. Algunos de los pocos “locales” que quedan han sido aprovechados como viviendas. Readaptados. O abandonados. O destruidos. 

Las personas también han debido adaptarse: trabajar en la agricultura regional y/o estudiar en un curso nocturno para mayores de 17 años, sin límite de edad, que deseen obtener el nivel medio escolar. Irse es otra opción, aunque aquellos que nacieron oyendo el pitido del central, como sus padres, no tengan la menor idea de qué hacer después.
Fueron sólo los niños los que asistieron al acto de inicio de ese curso escolar para adultos. Tal vez para que hubiera alguien… como si así de fácil se llenaran los vacíos que ciertas personas se empeñan en catalogar de “existenciales”. 

La vida sigue. La vida pasa.

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