Coronavirus: Havana in quarantine, hot and silent

***Fotorreportaje publicado originalmente en Tremenda Nota y Washington Blade.

Cuando salí a la calle, solo sentí el calor y el polvo del muro del Malecón golpearme la cara. Menos carros, menos ruido. Incluso menos reguetón. Tal vez por la certeza de saber que cierta epidemia china ya no es sólo internacional, sino también cubana. Como si fuera culpa de tres italianos o, antes, de los chinos. Como si fuera culpa de alguien enfermar, sufrir, o morir.

Quizás las personas ausentes de las calles ahora silenciosas están viendo la Mesa Redonda después de todo, cuando todavía el sol está alto en el cielo y arrecia. Nuevas medidas, suspensiones… La voz del presentador Randy Alonso traspasa las paredes rotas de Centro Habana, como un rezo: dice que la situación es seria, ahora. Después de semanas de comentarios y noticias del colapso internacional ante la pandemia, de extranjeros que continuaron con sus planes turísticos en hoteles y hostales cubanos. Se puso serio, apenas ahora. 

Salgo a la calle consciente de que no debo hacerlo, pero será mi última mirada a La Habana por un tiempo. Hasta abril, no sé, unos meses… No vale la pena contagiarse por hacer una foto y despedirse del mar. Son cerca de las 7:00 p.m. y la Terminal Nacional de Ómnibus es el punto medio del caos. Ni guaguas ni carros suficientes; demasiada gente tratando de salir, respirándose encima. Todo huele a cloro y sudor. 

Para algunos, la vida se recoge y encierra como una oruga. Adentro, silencio y expectación, demasiada, por un tiempo que no pasará rápido ni preciso, ni seguro. Pero pasará. Dicen que hemos resistido cosas peores. Hemos resistido… 

La vida no se acaba. La vida se enrolla como el caracol en su apretada concha. La gente ahora podrá estar desnuda dentro de sus casas, salivando por las mismas cosas: dinero, sexo, comida… El dinero. El sexo, el sexo. La comida. Pero ahora nadie imagina cómo será la Rampa, el Malecón o la calle 23 sin gente. O el sexo, el dinero y la comida sin la calle 23. No es la Cuba que permanece en la mente. Tampoco lo es el Moulin Rouge vacío de París ni Venecia sin su carnaval. Es una burbuja que ya no existe. Apenas la imagen gastada del mundo que ya no es. 


Grandpa

Mi abuelo no ve bien de lejos pero, cuando oye a los demás decir mi nombre mientras me acerco, abre los brazos como si fuera a volar, antes de que yo pueda alcanzarlos. 

Me cuenta los sueños raros que tiene durante las cuatro horas en que cierra los ojos. No es normal, repite, estoy despierto y sé que no es normal. Tomo el desayuno y no son sueños, son pensamientos que siguen sin ser normales. Tose y se atraganta. Hincha su pecho despacio, parece que va a proseguir su discurso onírico de mensajeros, deberes y flema, toma una pausa mínima en la que tal vez escoge la frase colorida y certera o la mala palabra pasada de moda, pero tose de nuevo, con más fuerza. Sonríe: a los 91 años cualquier cosa es sarcásticamente normal. 

Mi abuelo no ve bien de cerca pero, aunque solo esté a su lado sin emitir una palabra, mirándolo fijamente, sabe reconocer la preocupación o la tristeza que hay en mis ojos, incluso detrás de mi cámara o mi sonrisa. 

Ya nada es como antes en la finca donde crecí hasta los cinco años. Ni la pequeña represa que él me hizo con un bulldozer soviético y una isla en medio, a donde iba a visitar una familia de curieles bajo un árbol de almendras. Ni los árboles, ni la gente. Se secaron, talaron, contaminaron. Se llenaron de escombros y de gente diferente que huye del lugar donde nació. Para vivir en casas improvisadas de tablas, lonas y planchas de zinc. Para vivir, tal vez, mejor que antes. 

Por primera vez veo a mi abuelo cansado y asustado y salgo con él hasta la parcela de tierra que dice cuidar. Trabajó allí hasta hace dos semanas. Rezo en silencio por haber heredado su fuerza y su memoria. Reconozco que mi legado es de otro 75 por ciento.


Isla-s solo exhibition in Trinidad, Cuba

“Estás loco”, me dijeron mientras defendía que necesitaba 1200 metros cuadrados de tela para montar mi primera exposición personal. “Es que quiero hacerla en Trinidad, y no me imagino esta serie allí si no es así”, respondí yo.

Precisamente porque quería que el montaje transpirara la energía romántica, artesanal y cálida de esta ciudad maravilla me propuse tamaña locura aquí, en Cuba, donde el surrealismo de la vida cotidiana convierte en locura incluso hasta las aspiraciones efímeras. Vamos, por decirlo (muy) eufemísticamente.

Para mí, la serie ”Isla-s” representa “lugares-experiencias transpirados por el cuerpo en su aislamiento”, pero la experiencia de presentarla en Trinidad no tuvo nada de soledad ni aislamiento. Gracias a la profesionalidad y buenos consejos de la diseñadora Yamilet Moya y a su taller de impresión Elfos Gráfica, y a las más de 30 horas de esfuerzo de Luis Javier, Hanoi y Lázaro para sorprenderme con mejores propuestas de montaje que lo que había imaginado. Gracias al apoyo de Leonerky Urquiza y la empresa Aldaba. Gracias a Lisette Ríos Lozano y a la Fototeca de Cuba. Gracias a mis queridos anfitriones Carlos y Galinka, que me han acogido no solo en su Casa Sotolongo y sino en su familia.

Using Format