Isla-s solo exhibition in Trinidad, Cuba

“Estás loco”, me dijeron mientras defendía que necesitaba 1200 metros cuadrados de tela para montar mi primera exposición personal. “Es que quiero hacerla en Trinidad, y no me imagino esta serie allí si no es así”, respondí yo.

Precisamente porque quería que el montaje transpirara la energía romántica, artesanal y cálida de esta ciudad maravilla me propuse tamaña locura aquí, en Cuba, donde el surrealismo de la vida cotidiana convierte en locura incluso hasta las aspiraciones efímeras. Vamos, por decirlo (muy) eufemísticamente.

Para mí, la serie ”Isla-s” representa “lugares-experiencias transpirados por el cuerpo en su aislamiento”, pero la experiencia de presentarla en Trinidad no tuvo nada de soledad ni aislamiento. Gracias a la profesionalidad y buenos consejos de la diseñadora Yamilet Moya y a su taller de impresión Elfos Gráfica, y a las más de 30 horas de esfuerzo de Luis Javier, Hanoi y Lázaro para sorprenderme con mejores propuestas de montaje que lo que había imaginado. Gracias al apoyo de Leonerky Urquiza y la empresa Aldaba. Gracias a Lisette Ríos Lozano y a la Fototeca de Cuba. Gracias a mis queridos anfitriones Carlos y Galinka, que me han acogido no solo en su Casa Sotolongo y sino en su familia.


Ruins of sugar. Sugar in ruins

Hace 10 años la vida en este batey cercano a Ranchuelo (Villa Clara, Cuba) era diferente, similar a como había sido desde inicios del siglo XX: un hervidero de personas, animales y camiones entrando, saliendo, rodeando el central azucarero, bautizado “10 de Octubre”, a partir de 1970.
La vida cambia. El central ya no existe. Algunos de los pocos “locales” que quedan han sido aprovechados como viviendas. Readaptados. O abandonados. O destruidos. 

Las personas también han debido adaptarse: trabajar en la agricultura regional y/o estudiar en un curso nocturno para mayores de 17 años, sin límite de edad, que deseen obtener el nivel medio escolar. Irse es otra opción, aunque aquellos que nacieron oyendo el pitido del central, como sus padres, no tengan la menor idea de qué hacer después.
Fueron sólo los niños los que asistieron al acto de inicio de ese curso escolar para adultos. Tal vez para que hubiera alguien… como si así de fácil se llenaran los vacíos que ciertas personas se empeñan en catalogar de “existenciales”. 

La vida sigue. La vida pasa.


Baracoa flavor

Cada uno de mis viajes a Baracoa comienza con una añoranza de cacao, sal y coco. Son catorce horas de viaje en ómnibus nacional desde mi natal Santa Clara hasta Guantánamo y luego cuatro más hasta la Villa Primada de Cuba. Sí… me encantaría tener un auto para estos casos. No tanto para llegar más rápido sino para hacer todas las paradas posibles en la carretera costera que conecta a estas dos ciudades, además del viaducto La Farola. Probablemente tardaría lo mismo entonces el viaje en mi auto imaginario, pero lo fotografiaría y gozaría más, aunque conozco a alguien convencido de que rara vez se tienen buenas fotos de los mejores momentos, si en verdad fueron disfrutados.
El sol ilumina a Baracoa como no lo hace a ninguna otra ciudad cubana. Cándido, donde las olas alcanzan la arena oculta en remolinos de algas secas y caracoles blancos. Amargo, montaña adentro, donde la falta de lluvia hace crecer espinas entre nubes de piedra caliza, mientras la luz salpica dorado sobre cruces de parra y palmeras, y el viento salado curte los cuerpos de frutas, personas y perros callejeros. Podría probar los colores de Baracoa cada día con sólo humedecer los labios. Sentirlos entre mis manos. Podría aspirarlos cada tarde cuando el viento cambia de dirección y absorbe un poco de cada cosa viviente para guardarla cerca de la costa o al pie de las montañas. Al final entiendes que algo de ti yace en alguna parte de Baracoa, y querrás regresar para buscarlo.

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